RAZA EMBRUTECIDA POR LA DECREPITUD

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Por: Gonzalo Portocarrero.

12 de Octubre DÍA DE LA RAZA

Nº 162  O5.07.2013

Acaba de producirse un escándalo por una alusión screenshot.104desvaídamente racista en un libro de lecturas escolares. Quizás es este el mejor momento para recordar algo de lo escrito por el sociólogo Gonzalo Portocarrero en su libro “Racismo y mestizaje”. Algunas páginas de esa obra están dedicadas a analizar la esperpéntica tesis “académica” para obtener el grado de bachiller en letras que en 1897 Clemente Palma, hijo del tradicionista Ricardo Palma, publicó para contento de muchos y horror de unos pocos. Clemente Palma, que conservaba notorios rasgos mulatos, llevó al extremo el desprecio racial que todavía circula, viciosamente, en el Perú. “La raza negra, por ser raza inferior, irá  también desapareciendo…”, escribió con un dejo de esforzada lejanía. A los indios los llamó “un factor inútil” que se irá desvaneciendo “como los pieles rojas…”. Y a los chinos también los condenó a la virtual extensión por ser “raza degenerada”. Faenón inmortal el de este escritor mediano que alguna vez desahució a Vallejo como poeta.

Vitalidad y límites del racismo radial

“El racismo radical está aún presente en nuestros días. Muchos peruanos, por ejemplo, se lamentan de que nuestro país no haya sido colonizado por los ingleses, pues en ese caso los indígenas habrían sido exterminados y el Perú de hoy sería un país rico y desarrollado en vez de pobre y atrasado. Muchos otros, lamentando su color de piel y otros rasgos físicos, se entristecen de tener antepasados indígenas, y sueñan ver a sus hijos más claros, de “mejor apariencia”. En fin, el folclore racista es muy variado. Pero todas estas ideas se remontan a fines del siglo pasado, cuando se cristaliza el racismo radical.

En 1879, a los 25 años, Clemente Palma publicó El porvenir de las razas en el Perú, obra que había presentado como tesis para optar el grado de bachiller en letras. Este trabajo puede ser considerado como el manifiesto del racismo radical. Tiene por ello un valor paradigmático. Aunque muchas de sus afirmaciones serán reprimidas en los años siguientes, no por ello dejarán de estar presentes. Desde el “racismo científico”, Palma elabora –sin concesiones- un discurso sobre la realidad del país, pesimista pero pretendidamente lúcido.

Es muy importante tener en cuenta que El porvenir de las razas en el Perú es una tesis universitaria exitosa, un discurso razonado que recibió la aprobación de un jurado llamado a representar la objetividad científica. Por la densidad de los estereotipos que transmite, por su valor de Síntoma, conviene citarlo en extenso:

Las principales razas que han constituido el pueblo peruano han sido y son:

  1. 1.       La raza india, raza inferior, sorprendida en los albores de su vida intelectual por la Conquista; raza que representaba probablemente la ancianidad de las razas orientales, que eran, por decirlo así, el desecho de civilizaciones antiquísimas, que pugnaban por reflorecer en un recorsi lento y sin energía, propio de una decrepitud conducida inconscientemente en las venas; 
  2. 2.        La raza española, raza nerviosa, que vino precisamente en una época de crisis, de sobreexcitación de su sangre, de actividad desmesurada, y que por tanto tenía que obrar más tarde con las energías gastadas, con el cansancio nervioso y la debilidad moral que sucede a los periodos de mayor gasto; raza superior relativamente a la raza indígena, pero raza de efervescencias y decaimientos, raza idealista y poco practica raza turbulencia y agitada, raza más artista que intelectual, de carácter  vehemente, pero no de carácter enérgica; voluble inestable.
  3. 3.       La raza negra, raza inferior, importada para los trabajos de la costa desde las selvas feraces del África, incapaz de asimilarse a la vida civilizada, trayendo tan cercanos los atavismos de la tribu y la vida salvaje;
  4. 4.       La raza china, raza inferior y gastadísima, importada para la agricultura, cuando la República abolió la trata de negros raza en su vida mental, completamente abotagada la vida nerviosa por la acción del opio, raza sin juventud, sin entusiasmos, de un intelectualismo pueril a causa de su misma decrepitud, y en el que el carácter de la raza por el régimen despótico se ha hecho  servil y cobarde;
  5. 5.       Las razas mestiza han provenido del cruzamiento de las primeras razas que, si bien representan desde el punto de vista intelectual una mejora sobre el indio y el negro, son insuficientemente dotadas del carácter y espíritu homogéneos que necesitan los pueblos para formar una civilización progresiva; les falta el alma de una nacionalidad.

Desenfadadamente, pero con elegancia y convicción, Clemente Palma hilvana lugares comunes muy característicos. De la acumulación de estereotipos emerge una imagen  desdoblada: un país condenado por la biología, presa de la fatalidad, casi sin salida. Lo interesante de este relato, lo que puede darle un status de ejemplar, es que articula un conjunto de afectos  que en otras visiones globales del país aparece diluido pero definitivamente presente:  me refiero a esa mezcla de distancia, pesimismo y autoflagelamiento, que se pretende, sin embargo, lúcida definitiva. Sin pretender un examen pormenorizado de texto, conviene ensayar, sin embargo, algunos comentarios.

Para decirlo en breve: estamos frente a una visión de la sociedad peruana marcada en profundidad por el colonialismo. Su coherencia y verosimilitud testimonian la profundidad de la alienación criolla. La dominación cultural de la metrópolis se proyecta en una colonización del imaginario criollo, en un concebirse como carencia y falta. Esta radical desvalorización, de otro lado, se sustenta en una sociología confusa cuya capacidad de seducción y convencimiento reside en un determinismo simple pero aureolado del prestigio de la ciencia.

La perspectiva desde la cual Palma elabora esta visión del Perú está presente sólo a través de sus efectos. En ningún momento se lo explica. No obstante, mediante el análisis de las características que atribuye a cada raza, esta perspectiva puede ser reconstruida. En efecto, la denuncia de nuestros vicios y defectos supone la existencia de virtudes y cualidades que no poseemos, pero que otros pueblos sí tienen en alto grado. Es precisamente desde la  realidad de esos pueblos supuestos como superiores que los calificativos usados por Palma tienen sentido. Si la “raza india” es simplemente decrépita y sin futuro, es porque hay otras razas que son dinámicas y progresistas. El análisis de la “raza española” es más complejo y matizado: es nerviosa pero gastada, sufre de debilidad moral, además es de “efervescencias y decaimientos (…) idealista y poco práctica (…) vehemente, pero no de carácter enérgico; voluble y inestable”. En resumen: de lo indígena no se salva nada y de lo español muy poco. Las virtudes que Palma admira son el revés de los defectos que lamenta.

Ante todo, la vitalidad, la energía, la juventud, la laboriosidad, el rigor científico, el espíritu práctico. Si todo ello nos falta, somos  entonces una suma de carencias. ¿Quiénes tienen esas cualidades? La respuesta de Palma es en este aspecto un eco de la opinión europea. Las razas germanas, nórdicas o anglosajonas. A la vez jóvenes, enérgicas, prácticas. Las dueñas del futuro. Destinadas a mandar a las razas inferiores. “El hombre del pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble que ha perdido sus jerarquía”, dice Renan. Es evidente que esta perspectiva justifica el colonialismo y aun el exterminio de pueblos enteros. Volvemos sobre este punto.

A primera vista la sociología de Palma perece ser una deducción de la genética. La “raza” sería una suerte  de patrimonio genético donde están inscritas las posibilidades de desarrollo de los pueblos. En tanto las diferencias entre “razas” son fundamentales e insuperables, resulta iluso hablar de progreso o mejoramiento de las razas inferiores. Las leyes naturales excluyen milagros. No obstante, el examen de las colectividades no se agota allí. Otros rasgos que escapan de la genética, como la juventud y la vitalidad, son muy importantes. Es decir, la historia también cuenta; pero en un sentido inesperado: el paso del tiempo produce desgaste, acercamiento a una inevitable decrepitud. Hemos salido de la órbita de la genética pero estamos aún en el campo de los fenómenos determinados por la biología. Los pueblos son pensados como organismos que tienen cualidades innatas y un ciclo vital definido.

Pero en otras ocasiones el término raza no se refiere a grupos que comparten un patrimonio genético, sino que puede traducirse por nación o pueblo; en este caso las características que los definen son ante todo hechos culturales que resultan históricos y contingentes. Cuando Palma se refiere a la “raza española”, y le atribuye ciertos rasgos, ha dejado ya el campo de la biología y se ha internado, acaso sin saberlo, en el terreno de una sociología de la cultura. Atribuye a los españoles, por ejemplo, defectos que la biología no sabría explicar: ser poco prácticos, transitar sin mediaciones de la efervescencia al decaimiento, debilidad moral, cansancio nervioso. Estos rasgos tienen que ver con la cultura y la historia y la proyección de ambas en la psicología social. No obstante, la cultura está pensada como algo que existe con independencia de la sociedad y que se encuentra de una vez para siempre. En realidad, tanto el racismo biologista como el culturalismo etnocéntrico son variables de una forma de pensar mística y esencialista, más cercana, paradójicamente, de la “mentalidad primitiva”,  de la que hablaba Levy Bruhl, que del racionalismo moderno que los racistas “científicos” pretenden encarnar. Es decir, un fenómeno definido en términos muy simples es postulado como causa eficiente de una miríada de efecto. Se construye así el concepto de “raza” donde se mezclan diferencias reales e imaginarias y se les explica apelando a esencias biológicas o culturales.

El hecho es que Palma brinda un panorama desolador, sin salida. El Perú estaría en el límite mismo de la viabilidad histórica. Desde luego que la “raza india” no tiene porvenir.

(…) raza embrutecida por la decrepitud, es por su innata condición inferior, y por los vicios de embriaguez y lujuria, un factor inútil (…). Los elementos inútiles deben desaparecer y desaparecen. A medida que la civilización vaya enterándose en la sierra y las montañas, el elemento indígena puro irá desapareciendo, como sucede en Estados Unidos con los pieles rojas (…). Habría un medio para ayudar a la acción evolutiva de las razas: el medio empleado en Estados Unidos; pero ese medio es cruel, justificable en nombre del progreso, pero censurable en nombre de la filantropía y del respeto a la tradición, algo arraigados en el espíritu peruano;  ese medio es la exterminación a cañonazos de esa raza inútil, de ese desecho de raza. Con otro carácter menos idealista y más práctico, con una superabundancia de población superior con que cubrir el vacío que dejaría esa raza infortunada, que de todos modos representa un recuerdo histórico, indudablemente que ese sería el método m.as expeditivo (…). En el Perú esa desaparición será lenta, porque el contacto de las razas costeñas con las indígenas ejercerá una acción lenta de destrucción.

Si bien para Palma el genocidio sería la solución ideal, hay diversas razones que lo desaconsejan o lo hacen inviable. Para empezar, el carácter criollo es poco práctico: demasiado apegado a la tradición y a la filantropía como para considerar seriamente la posibilidad del exterminio. Además, la ansiedad por el progreso es muy relativa y, por último, el sentimentalismo rechaza la crueldad.  Es decir, no hay premura por lograr los cambios, tampoco consenso en torno a los medios a emplearse. Para Palma sin embargo, el exterminio es una opción legítima que debe discutirse. Frente a la raza indígena el dilema sería: exterminarla, acelerando el progreso; o tolerarla, resignándose a contemplar su lenta desaparición. Esta última alternativa es más humana pero implica altos costos: pervivencia del atraso y la contaminación que disminuye la calidad del mestizaje. No obstante, el dilema es abstracto pues en realidad no hay posibilidad de elegir. Palma considera que sus contemporáneos no están preparados para plantearse el exterminio como solución, hasta él mismo tiene dudas.

Se trata de una fantasía, de un deseo. Un país sin indios, sin taras, que puede progresar rápidamente. Desde el punto de vista práctico –sugiere Palma- el exterminio tampoco viable pues la población indígena no tiene reemplazo, de manera que las tierras que el genocidio pudiera dejar libres quedarían vacías. Pero el argumento no impresiona demasiado, pues la cierra pudiera quedarse sola aguardando a lo inmigrantes  que la reviven. En realidad, Palma no llega a  considerar los problemas prácticos que supone el genocidio: ¿qué pasaría con los dueños de minas haciendas?; ¿Dónde obtendrían mano de obra?; ¿sobre la base de qué criterios se separarían los indios de los mestizos?; ¿Quién se haría cargo de la tarea?; ¿qué métodos habría de emplearse?; ¿armas de fuego, armas blancas, golpes?;  ¿y qué de las madres y los niños? Palma no se plantea estas preguntas.  Surge entonces la inquietud, ¿Por qué Palma no realiza concretamente los supuestos, modalidades y las consecuencias del exterminio? En realidad no lo considera seriamente. Es un proyecto inviable y él lo sabe.

El extermino es una fantasía característica, reveladora. Ese sueño criollo de aspiración a un nuevo comienzo u oportunidad, de rechazo a lo indígena. Pero la ilusión, en tanto se sabe imposibilidad, mero deseo, llama a resignarse frente a una verdad amarga: tan lleno de indios el Perú no tiene futuro, tampoco merece mucho respeto. Las perspectivas son, pues, sombrías. No podemos soñar en ser como Chile, menos Argentina. Eso para no hablar de Estados Unidos o Europa. Y aunque no sean responsables, los blancos y criollos pagan  las consecuencias. El problema no es moral. Tampoco depende de cada indio por separado. La decrepitud de la raza es una fatalidad del destino, una ley de la naturaleza. Nadie tiene la culpa. La evolución los ha condenado. Sería pueril negar el hecho: toda persona lúcida tiene que ser por fuerza pesimista. Pero si como colectividad estamos en desventaja, como individuos sí podemos salvarnos, es decir, conseguir el progreso, la felicidad.

En nuestro mundo interior de criollos y mestizos la fantasía del exterminio nos convoca la articulación de sentimientos de vieja data como el desprecio, con ideologías supuestamente científicas y modernas, como las doctrinas racistas. El resultado de esta soldadura fue legitimar la dominación, pero también consolidar una visión desesperanzada del porvenir de Perú. En efecto, descartado el exterminio, sólo quedaría esperar la “lenta acción de destrucción”  que el contacto de la raza costeña producirá en las razas indígenas.

El porvenir de los negros no es, para Palma, más brillante.

La raza negra, por ser raza inferior, irá también desapareciendo (…) hoy mismo se observa cuándo ha decrecido, con el cruzamiento principalmente en los centros más populares y civilizados del Perú. La negra esclava fue la que en las casas señoriales acudió en la familiaridad de la vida común al despertar de la virilidad de su joven amo. Por eso hoy a pesar de las apariencias de orgullo de clase, no existe en lo íntimo de la naturaleza del señor, del hombre civilizado, repulsión sexual por la raza negra y menos por las mulatas y mezcladas. Ello si bien contribuye a conservar los defectos de la raza, contribuye también a hacerla desaparecer por sucesivos cruzamientos, que acabarán por extinguir o, por lo menos, disminuir mucho la sangre africana. La raza negra está, pues, llamada a desaparecer por absorción.

El hombre civilizado, amo y señor, no sintió repulsión sexual por la negra-esclava. Estas asociaciones entre cultura, posición social y color de piel suponen que el orden de la sociedad está anclado en la biología. A cada raza corresponde una función en la división del trabajo. A los negros les toca la servidumbre y a los blancos el ejercicio de la autoridad. Pero Palma sugiere también que las razas inferiores pueden desaparecer por absorción. Es decir no está, en contra de idea de mestizaje; por el contrario, la fomenta. Piensa que determinando las características del mestizo, la contribución de las razas superiores e mucho más decisiva. Para estas, el cruce es contaminación y pérdida, pero par las inferiores es una neta mejora. En celebrar el mestizaje como posibilidad de desaparición de las razas menos  evolucionadas, Palma se aparta de los racistas ortodoxos quienes sí predicaban la repulsión sexual, condenando al mestizaje como degeneración potenciada que arrojaba productos aun de menor calidad que el progenitor de raza inferior.

Respecto a los chinos Palma tiene una opción contundente y negativa. Cree que constituyen una amenaza y no recomienda su mezcla.

Está llamada a desaparecer por inadaptación o expulsión cuando haya el convencimiento de los perniciosos efectos que  esta raza degenerada, viciosa y socia puede ocasionar en la vida de nuestro pueblo. Aunque esta raza se cruza difícilmente y los frutos de este cruzamiento tienen poca vida, constituye una alarma por los vicios que enseña a nuestro pueblo, por las enfermedades que, aun sin fecundar a las mujeres, dejan en el seno de ellas (…)

Palma considera a los chinos como inferiores a los negros. Peligrosos por sus vicios, deberían ser deportados. Felizmente son poco fértiles y su descendencia tiene escasa vida. Estas valoraciones son originales, difieren de la ortodoxia racista, perspectiva donde los negros representan la raza inferior. Es claro que los juicios de Palma se fundamentan en el sentido común criollo, adverso a los chinos y crítico de los hacendados que anteponiendo su interés al nacional importaron a los culíes. Para los hacendados el culí significaba menores salarios y mayores ganancias, pero, para el conjunto del país, contaminación de la raza y proliferación de malas costumbres, el juego y el opio. Esta era la perspectiva de los criollos.

La criolla, a la que el mismo Palma se afilia, le merece comentarios muy ambivalentes:

La única raza, pues, que está llamada a un porvenir es la raza criolla, cuyas notas de carácter he señalado ya. Repito, la falta de energía es el defecto capital de esta raza, defecto que la imposibilidad para constituir una nacionalidad. Es inútil que posea un intelectualismo brillante, sin ser profundo, sin ser práctico. Quijotes eternos, locos perseguidores de ideales, nos afanaremos por lanzarnos entusiastas en pos de ilusiones. Leyes, educación, administración honrada, fogosidades santas, severidades inútiles, doto fracasa por qué no son las medidas particulares ni la educación las que pueden encadenar a la indomable bestia que se agita en el fondo de la raza (…)  lo más que se obtendrá son momentos de pasajero progreso, chispazos de apogeo (…). Sí, señores, la falta de carácter coloca a los criollos en la condición de una raza media incapaz de progreso, si no se la sujeta a una terapeuta étnica que garantice su salud física y su vigor moral en u porvenir más o menos lejano. ¿Por qué la República Argentina y hasta Chile son hoy naciones florecientes? Por el carácter. ¿Y por que tienen carácter? Porque los elementos inferiores de raza entraron en época cantidad en la constitución de su pueblo actual, y los superiores en más cantidad.

Hildebrandt en sus trece